24 diciembre 2007

David Lynch o el horror vacui

Ostentando las excusas de los largos años de intensa creación, de los ciento noventa y siete minutos de proyección y del mérito de reponerse de la idiocia, este admirable director –hablo de David Lynch- nos ha despertado de un profundísimo sueño, sobre todo, al promediar el fin de su película.
Advierto, por mi parte, a quienes no han visto la sala convertida en obnubilado quirófano, es decir, a quienes no se han insolado con la premeditada realización de inland empire, absténganse de las ulteriores imágenes; pues no quisiera socavar la sorpresa.
Entre otras sorprendentes imágenes, vale invocar a la memoria aquélla en la que unos peculiares conejos se entrelazan en un diálogo deliberadamente estúpido, esto es, sin duda, una clarísima alusión biográfica de Lynch, si se entiende su ascendencia familiar. Minutos después, y alcanzando el colmo de la significación, se hace primer plano al hocico de uno de los animalitos mientras éste lo frota con sus dientes frontales; es obligatorio reconocer, pues, ese típico gesto de los Lynch.
Sin temor a las insomnes represalias de la conciencia –cuestión anulada por el propio film-, le otorgo no una ovejita, ni dos ovejitas, ni tres ovejitas, ni cuatro ovejitas, sino cinco ovejitas (máximo galardón de la categoría).

Breve reseña biográfica de David Lynch:

Nacido, criado e ilustrado en un lupanar, supo reivindicar su formación llevando al “cine de lupanar” a un nuevo estadío de significación. Ha sido galardonado con numerosos premios: Premio de la clientela (Residencia Lynch, 1998), Premio del público (Festival de Amsterdam, 2001), y la instalación de una placa honorífica en el más posible de los condados de su concepción.


Vía Maximiliano Jiménez